vida“Es obvio que en la vida a veces nos toca lo alegre y a veces nos toca lo tormentoso, y en muchas ocasiones no podemos elegir. Me parece errónea y demasiado grandiosa la idea de que escogemos siempre nuestro destino y las cartas que nos caen en suerte, a lo sumo, tal vez elegimos nuestra actitud ante el reparto, o bien cómo jugarlas. En la actualidad, algunos movimientos populares en la cultura del desarrollo personal hacen pivotar sobre el yo y su forma de pensar la clave del bienestar. dicen que tenemos la capacidad de atraer con nuestros pensamientos (conscientes e inconscientes) la realidad que queremos vivir. (….)

Es cierto que la buena gestión de nuestros pensamientos determina una parte de lo que vivimos, pero tan solo una parte. La ley de la atracción, aunque envuelta en ropajes de espiritualidad, sigue poniendo al yo como centro y núcleo de la existencia, y le otorga la presidencia, alejando de esa forma a la persona de la genuina espiritualidad, que consiste en la conexión verdadera con una inteligencia o misterio mayor que la trasciende.

Creo necesario complementar la ley de la atracción con lo que me gusta llamar la “ley de la Voluntad Mayor”. Las personas podemos y debemos organizar bien nuestros pensamientos y nuestras intenciones, con fuerza, con claridad, con congruencia, podemos y debemos definir bien nuestros objetivos y deseos, y podemos y debemos encontrar creencias beneficiosas, trazar estrategias mentales y definir rieles neuronales precisos que puedan extenderse e impactar en el mundo que las cosas sean como queremos (siempre en sintonia con el valor de la vida y el bienestar compartido). nada enseña mejor esto que la PNL, que muestra lo bien que funciona para las personas que toman plena responsabilidad de si mismas y trazan con claridad sus objetivos de futuro. Sin embargo, tras ello resulta preciso desarrollar la humildad suficiente como para soportar que la vida haga y deshaga según su voluntad, y que en ocasiones, se ría de nuestros planes, de nuestras intenciones, y de nuestros acariciados deseos.

La llave de la buena vida, Joan Garriga(43, 46)

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